A veces intentaba hacerle comprender que ya no serían las mismas y quizás esa idea y esas palabras escapaban a su entendimiento. Se encontraban, se asustaban y huían despavoridas, quizás tal y como habían aparecido ante ella, de improviso y sin sentido, más sin sentido que de improviso...
Lejos. Inutilmente lejos.
Se habían perdido aquellas palabras, entre los cafés y el barullo, entre los labios y el olvido.
... y no supo ni reaccionar a sus palabras y se calló; y como es bien sabido quien calla, otorga.
Pero el bonsai estaba ya marchito y aquel castillo de razones milenarias tampoco le decía nada. Nada... y entre la voz y el espacio se abría el abismo...
... y entre las comedidas palabras se revolvía y se liaba, se reinventaba y se estrangulaba... Y fue entonces cuando las palabras,las comedidas y las no tanto, cesaron y se restauraron en lunas pálidas de sol, en caras ocultas de malogradas máscaras. Pero a estas alturas, ¿Quién sabe lo que es máscara, escudo o armazón a pecho abierto? Acaso se intuye.
El caso es que Nuria surgía y existía en cuanto a esa extraña luz de unos ojos ensangrentados, que habían buscado amor, como todos, suplicado y mendigado amor, quizás también como todos. No era de extrañar entonces que las largas ausencias las convirtiese en lágrimas.
La tarde moría lentamente y acaso yo ya estaba muerta y sepultada bajo tierra, pero... y ¿la daga?, ¿el crimen? No había habido crimen, el cuerpo del delito había desaparecido. Yo desdibujándome, flotando, la gravedad había renunciado al cuerpo que habitaba, o no. Cayendo... cayendo... el abismo del que nunca se acaba de caer.
Esa noche no había luna, por lo menos los ojos de Nuria no la encontraron en su trayecto, (si es que podían encontrar algo que no fuese destierro y oscuridad...)
El miedo la guió, el no saber a dónde ir le marcó rumbo fijo en alguna dirección a la que le faltaban las horas, las promesas y las sonrisas.
Quizás después sí las encontró, pero no las mismas, si hubiese encontrado las mismas se hubiese perdido, perdido para siempre a pesar de la certeza de estar siempre perdida.
Intenta alejarse de aquel olor a frío, pero alejarse de verdad... pues el frío tiene un olor que se te pega a los huesos, un olor tostado y vacío, y húmedo a la vez, como un habana club 3 años con piña y no con melocoton. Las apuestas fueron sonadas en la linea de salida, salida oscura con luz de farola al fondo.
... Luego... lluvia, porque en la ciudad, señoras y señores, en los días en los que una muere y resucita, llueve. Ese día también llovía. Granizaba gris y amplio, con luz de pérdida y de montage. Los cafés y los cigarrillos habían cambiado de sabor a tientas...
... y sin saberlo fui testigo de un milagro.
Me encontré con una extraña en mi cuerpo, y fuera una conocida que sin embargo... no era la misma, por lo tanto seguía siendo otra extraña para mi.
Las cosas cambian, juegan contigo al escondite y te sorprendes un mal día o un buen día, ¡quién sabe!, preguntándole a la imagen del espejo quién se esconde tras los cristales de esas gafas de pasta que quizás amparen del mundo pero que no desprenden calor.
Y caes. Y pides un deseo... Preferirías estar muerta. Y después sí, el milagro. VIDA. VIDA para VIVIR y vida para morir, algún día..., lejos, inutilmente lejos...
Sueño con la primera noche del resto de mis días.
... Y veo calles solitarias, luz a lo lejos y una niña mendigando caricias...